viernes, 23 de octubre de 2015

Crítica de Trevor no sabe ladrar de Omar Quesada, por Paulus Oliva


Trevor no sabe ladrar 

Antes de nada, quiero dejar claro que nadie me obligó a leer “Trevor no sabe ladrar”, pero cuando lo miré y vi la excreción que era me hice esa profunda pregunta que me hago a veces: “¿Hay cojones?”. Y los hubo, he terminado de leerlo porque tengo mi orgullo y tal pero, en serio te lo digo, no intentes hacer lo mismo en tu casa. Hay tres tipos de relatos: los buenos relatos, los malos y luego están los relatos Jackass. El relato de Omar Quesada está en ese tercer tipo, así que lo único que vas a conseguir si lo lees es perder tiempo y hacerte daño. Quizá hasta sangres, y muy probablemente lo hagas por heridas autoinfligidas en los ojos. El relato ocupa 15 largos capítulos, así advierto que no puedo hacer un análisis breve, que es lo que me gustaría.

La historia, ambientada principalmente en el Reino Unido contemporáneo, gira en torno a Norber y sobre lo que ocurre un día que Trevor, su nuevo perro, empieza a hablarle.

Ya con ésta primera línea habrás tenido un buen retortijón, si es que no se te ha caído todo el pastelote. El relato seguramente te habrá hecho pensar en el libro “Te daba por muerto” de Pete Nelson o a cierta peli de Eddie Murply de los noventa, pero lo mejor es que luego esta historia coge un bonito tueste con hedor conspiranoico.

Claro, como Norber es periodista se pone a investigar sobre ésta original (y nunca antes planteda) habilidad de Trevor, descubriendo un complot del gobierno británico que pretende aniquilar a otros perros que también pueden hablar. Evidentemente Norber se indigna y como tiene un buen par se lanza a encabezar una lucha contra el sistema, seguido por unos compañeros del curro y por el entrañable cabo Reynolds (un soldado trastornado que vive amenazado de muerte por un perro afgano cuyo inquietante alias es Sombra).

Son el puto mal...

Cojonudo, ¿no? Hay unas escenas bastante llamativas que me he anotado.

En una se relata una misión del cabo Raynolds en Afganistán que empieza con los soldados en plan maricona quejándose del calor que hace, mientras el típico sargento de hierro va gritando su arenga para levantarles la moral. Luego empieza la acción y todo se vuelve muy gracioso, porque los cabrones no tienen ni idea de qué va el tema y van preguntándole a Reynolds qué hay que hacer. Lo que el autor intenta plasmar como una palpitante escena bélica se transforma en la crónica de cuatro amigotes en una partida de paintball.

Hay otra donde Norber va a un psicólogo que prescribe medicamentos. Aquí tengo mis dudas:  o el escritor no sabe que sólo los psiquiatras pueden recetar psicofármacos o pretende decirnos que el psicólogo además de terapeuta es el puto camello del barrio. Teniendo en cuenta la línea argumental de “Trevor no sabe ladrar”, seguramente se trate de lo segundo.

Una parte que me decepcionó es cuando Reynolds llega a casa después de estar seis meses en Oriente Medio. Aquí uno se espera una buena escena de descarga seminal entre el militar y su cónyuge pero no, el autor decide de forma cruel ignorar las necesidades humanas del soldado, quitándole así credibilidad al relato.

Tengo que decir que Omar Quesada ha tenido la decencia de no intentar comernos mucho el tarro con los personajes: en lugar de crear seres complejos capaz de sorprendernos, ha optado por utilizar refritos y estereotipos que todos conocemos. Como el clásico jefe de periódico eternamente cabreado, el periodista pagafantas, el soldado perturbado por la guerra, la típica tiabuena de la oficina... Personajes empalagosos que se expresan a través de diálogos que parecen haber sido escritos por Karlos Arguiñano durante un ataque depresivo. Quizá por eso los personajes tienen la profundidad psicológica de un bocadillo de sobrasada.

Si, ese es el nivel...

Por ejemplo, tiene un papel más o menos relevante el personaje de Meredith, descrita por el autor como “un bellezón”. Sin embargo, a pesar de este preciso e interesante dato, Omar no tiene la piedad de concedernos una descripción más específica que de al menos para una paja.

Pero a mí al personaje que más me daba ganas de apalear es, sin duda, al personaje principal. O sea Norber. ¿Las razones? Pues primero que todo, por su nombre. Y segundo por su puta manía de beber Baileys. O sea, lo mejor que puede hacer un personaje supuestamente masculino que bebe eso es clavarse... yo que sé, un boli o un dedo o el puto ratón del ordenador en la carótida y terminar con su lamentable existencia.

De todas formas, y aquí hago un paréntesis, la temática sobre el alcohol empeora conforme avanza el relato. Hay una escenita cutre donde un viejo coronel británico escupe sobre las más vetustas tradiciones de la British Army bebiendo bourbon. Para el que no lo sepa, dos cosas: el bourbon es norteamericano y los auténticos británicos tienen curiosas tradiciones con su whisky. La única lógica posible a la conducta del coronel (catalogable como alta traición a la corona), es que el viejo ya se hubiera despachado todo el scotch y la ginebra del cuartel durante el desayuno. Aunque con tantas incongruencias a quien me gustaría cuestionar sobre su alcoholismo es al escritor.

Pero terminando de analizando al personaje principal, Norber... decir que es es algo así como Ted Mosby (el protagonista de “Cómo conocí a vuestra madre”), pero más nenaza todavía. De hecho el personaje y su personalidad sólo me cuadran teorizando que, quizá, Omar Quesada creó a Norber inspirándose en alguna tal Norberta (la simpática ancianita que seguramente gerenta la floristeria sobre la que vive el autor del relato). La relación entre el protagonista y su hablador perro roza en ciertas ocasiones lo afectivo, lo cual a la larga se vuelve frustrante. Y digo frustrante porque enseguida te das cuenta de que el autor tuvo una oportunidad colosal de hacer interesante su texto adentrándose en la zoofilia y, sin embargo, por su manía de no mojarse retiene el argumento en lo insípido.

El relato es algo así como si metiéramos en un bote a Peter Parker, al doctor Dolittle, a gente del Call of Duty, a un par de tías de “Sexo en Nueva York” y lo mezcláramos todo con la batidora. Dejamos que el cóctel se pudra al Sol durante una semana y entonces tenemos “Trevor no sabe ladrar”. No dudo de que Omar se haya divertido escribiéndolo, pero se ha pasado por el forro cualquier mínima intención de hacer que alguien se divierta leyéndolo. Y la principal putada no es que el relato sea aburrido, sino que es condenadamente largo. Quizá si lo lees tras una buena dosis de LSD y con un porro en cada mano se vuelve pasable. No lo sé.

Dosis mínima recomendada

Igual que una retransmisión de la vuelta ciclista, Omar Quesada narra de forma monótona los hechos que describe en “Trevor no sabe ladrar”. Su estilo está bien construido y es ordenado, pero también lo es el estilo del Código Penal y no por ello lo recomiendo como lectura. Como digo, su prosa es un torrente de buena educación literaria, en la que alguien ha extirpado la creatividad y la libertad. Lo que el firmante de ésta crítica encuentra a faltar en el relato es una inyección de locura, algo que rompa el clima predecible implantado en el texto desde la primera frase del primer párrafo del primer capítulo. El temperamento de Omar al escribir es frío, distante y moribundo, más propio de un comentarista de partidas de ajedrez que de un novelista del siglo XXI.

Con más humildad que descaro, me tomo la oportunidad de recomendar al autor de “Trevor no sabe ladrar” el estudio de la música Swing y Bebop. Así como también la relectura de obras que seguro conoce: “El guardián entre el centeno” de Salinger, “Miedo y asco en Las Vegas” del Dr. Hunter Thompson y cualquiera de los exabruptos de Henry Miller, Hank Bukowski y Boris Vian.

Para ir acabando, diré que mi sensación conforme me acercaba al final de la lectura, fue la de estar leyendo una especie de versión andaluza de “The walking dead” pero sin zombis. Aparecen en el desenlace una serie de personajes, situaciones y escenas totalmente incomprensibles, que hacen que la historia se vuelva totalmente delirante y paranoica. Sólo puedo describir mi sensación al acabar “Trevor no sabe ladrar”, como si hubiera sufrido algún brote de epilepsia y psicosis durante una paliza dada por parte de al menos trece skinheads muy enfadados. Basta decir que al terminarlo me encendí un cigarrillo para reflexionar seriamente sobre las bondades que podría tener la Ley Mordaza.

Mensaje constructivo para el autor: abandona. Definitivamente tío, deja esto de escribir y, por favor, no vuelvas a acercarte a un teclado. No ya por la Humanidad, sino por ti. Porque creo que estás desaprovechando cosas que sí se te dan bien. Más que como escritor, con tus habilidades, podrías hacer una excelente carrera de torturador en Guantánamo.

Paulus Oliva

26 comentarios:

  1. Lo más curioso es que además para leerlo, hay que comprarlo en amazon.

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    1. Si tuviéramos el poder de elegir qué de lo que criticamos merece la pena ser pagado o no, la cosa seria muy diferente. Pero tranquilo, nosotros os recomentamos (a nuestro criterio) qué merece la pena o no ;D

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  2. Cualquiera pensaría que una historia de perros parlantes es como mínimo divertida, que pena, lo del perro afgano tenía potencial xD.

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    1. Al leer eso se me ha ocurrido...
      ¡¡Allahu Akbar!!

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  3. No me llama nada la atención
    Saludos!

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  4. Creo que despues de leer tu post, me ahorro leer el libro, desde luego publican cualquier cosa xD

    Besitos de caramelo

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  5. No me llamo mucho la atencion...pero muy buen post

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  6. Buen post, pero esta clase de libros no suele ser e mi gusto.
    Un beso

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  7. Nunca he leído nada así, así que no sé si me gustaría o no, de momento no me llama la atención, pero gracias por tu reseña.

    Un saludo

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  8. Gracias por esta reseña, jaj no lo voy a leer nunca entonces.
    besitos

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  9. No pues ni siquiera me llama la atencion :/
    gracias por redactar tu opinion para nosotros.-
    Saludos

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  10. Aixx me lo recomendaron , pero aun no he tenido la oportunidad de pillarlo, tendré que ponerme manos a la obra :) necesito mas horas al dia ^.^ Besoss

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  11. Vaya :( creo que este no lo apunto, gracias por la reseña

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  12. Jajaja. Una crítica memorable. Muy entretenida seguro más que el libro.

    Saludos Viajeros

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  13. Bueno, supongo que a alguien le gustará.. Saludos.

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  14. Coincido con la mayoría, no me ha llamado la atención. Un beso
    Lagatacontacones

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  15. Como revision esta bueno, pero igual no lo adquiriria no es de mi preferencia :)

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  16. Gracias por el consejo. Creo que que te digan que libro no leer es superior a que te digan que libro leer.
    Saludos

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  17. No me llama nada la atención este libro pero en cualquier caso muy buena reseña, un abrazo

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