lunes, 2 de marzo de 2015

En busca de algo digno que leer, por Paulus Oliva


Sólo son negocios

En 1984 Racter escribió ese libro suyo titulado The policeman’s beard is half constructed, que puedes encontrarte en Amazon por el fabuloso precio de 70,82 euros. Es un libro que en realidad no le llamaría la atención a nadie, si no fuera porque Racter no es un ser humano sino un programa informático.

Cosas como estas se han vuelto a repetir desde los años 80 y a día de hoy puedes encontrarte en las librerías cientos de tomos producidos por algoritmos matemáticos, cuyos lectores seguramente no tienen ni idea de estar leyendo algo que ha sido compuesto por un ordenador.


Cosas como las de Racter o los libros de Philip M. Parker podría llevarnos a pensar que las máquinas han logrado la genialidad que tenían tipos como Henry Miller, Vian o Hunter Thompson. Pero obviamente no es así. La incapacidad de los lectores para descubrir la diferencia entre una obra escrita por un programa informático y la de un humano, se debe a la forma masiva con que se publican libros actualmente y al contenido tan malo que tienen estos. La literatura de masas, llamada también literatura de consumo por otros o literatura de mierda por mí, es esa literatura sin peso ni textura ni gloria conformada por historias vacías y con personajes estereotipados, donde las putas follan con cariño y donde los héroes piden permiso para entrar en acción, donde los escritores ya no beben ni fuman y donde el texto queda reducido a una serie de frases prefabricadas y situaciones ridículas que apestan a refrito.

A lo que nos ha llevado la masificación de la literatura es a una literatura que no tiene sabor a nada porque los autores, en su intento por gustar a todos para así vender a todos, crean obras impersonales. Cincuenta sombras de Grey, Ken Follet y otros son los ejemplos del tipo de literatura de consumo de la que hablamos. Atrás ha quedado el interés por escribir una obra honesta y sincera que dure años y décadas, y que golpee contra los tabúes humanos y los pecados sociales. Lo que se busca ahora es cebar los beneficios, anestesiando el tiempo de los lectores con historias absurdas y planas y asépticas que sólo sirven para idiotizar el cerebro.

La industria

Decía Ortega y Gasset que “lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone donde quiera”.

Para entender cómo funcionaba antes la censura literaria puedes irte a mirar lo que le pasó al Marqués de Sade cuando escribió Justine. Ahora sin embargo la censura en literatura no viene impuesta por la política o la religión, sino que es la propia industria literaria quien se censura buscando productos no tan literarios sino comerciales. La autocensura comercial es la que llevó al suicidio a Kennedy Toole y la que mantuvo en el olvido durante décadas a Charles Bukowski.

Charles Bukowski

Pero esta censura va bastante más allá, el editor sabe lo que funciona y lo que vende y es lo primero que busca en un escritor, que pueda ser leído por la muchedumbre. Es el mismo sistema con que los productores fabrican hoy día esas canciones de mierda que luego suenan todo el día por la radio o en la tele, mientras los Rolling Stone, Warren Zevon o a John Lee Hooker se pudren en las estanterías. Y es de la misma forma con la que el libro pasó de ser un producto artístico a un producto mercantil, pasando el libro de ser una muestra de genio literario a una muestra de genio comercial.

La dinámica con que funciona la cadena de montaje de la industria literaria hace que en el mercado apenas puedan verse un puñado de autores que, si bien no son los que mejor escriben sí son los que más pasta generan. En este sentido el que compra un libro no es alguien pasivo e inocente porque, por el precio que tienen los libros, el cliente se ve obligado a desechar automáticamente a los autores desconocidos y hacer una apuesta segura comprando a algún autor conocido. O dicho de otra forma, los autores más publicitados y mejor distribuidos por la industria son los más leídos. Porque a pesar de que la democratización de la cultura nos ha llevado a la literatura de masas, quien domina la vida literaria de nuestra sociedad es la tiranía del más fuerte.

Será por eso que la literatura actual es pura bazofia.

La resistencia

Según el Bookscan de la consultora Nielsen (publicado en ElEconomista.es en enero de 2015), los tres libros más vendidos durante 2014 fueron: Bajo la misma estrella de John Green, El umbral de la eternidad, de Ken Follet y Yo fui a EGB, de Jorge Díaz y Javier Ikaz. Es decir, lo que más ha comprado la gente ha sido un libro de adolescentes, la última cagada de Follet y un libro sobre el marketing de los años 80.

Y si miramos lo más vendido del 2013 la estampa es todavía aun peor: Inferno de Dan Brown, Cincuenta sombras de Grey de E. L. James y otra mierda de Ken Follet.

Entonces, ante estos montones de heces la pregunta que cualquier persona inteligente se hace es; “¿Qué coño puedo hacer?

Este no es un dilema nuevo, la primera vez que la humanidad intentó seriamente deshacerse de este problema fue entre los años 50 y 70. De la Contracultura que emergió entonces surgieron revistas casi marginales, que ayudaron a escritores (mayoritariamente borrachos como Bukowski), a ser conocidos y sobre todo leídos.

La resistencia a la cultura establecida, el último soldado en pie en esta batalla contra los libros del establishment, viene definido en pleno siglo XXI por las editoriales independientes o las editoriales on demand... Algunos de los escritores que publican en este tipo de editoriales son legibles, y unos pocos incluso preservan la vetusta intención literaria de promover formas nuevas de acceder a la realidad. Sin embargo un análisis en profundidad nos lleva a darnos cuenta de que, en cierta medida, un gran porcentaje de esta literatura novel sigue la estela temática de los éxitos comerciales.

La calidad de estas obras noveles, publicadas principalmente por editoriales independientes o bajo demanda, no está clara. ¿Qué nos ofrecen?

En la editorial lulu.com entre los tres libros más vendidos encontramos una novela negra que a mí personalmente me parece aburrida (Doce balas más una, de Marko Antonio Muñoz), una novela de fantasía en la que podrías pasarte días buscándole la originalidad; (El guerrero del milano, de Brunno Tocherade) y la segunda parte de Guionista en paro, de Raúl Artacho, que a mi parecer es la única novela legible de las tres de Lulu. En bubok.com la lista Top Ventas se vuelve apocalíptica: un libro de cocina para estudiantes de Formación Profesional, una réplica del libro Sports almanac que aparece en la película Regreso al futuro y de tercero tenemos un libro de consejos para el emprendimiento empresarial. Mierda y más mierda.

Esto me lleva a pensar que quizá, muy probablemente, el problema no sólo esté anclado en la mafiosa industria editorial y que entre los lectores haya preferencia por literatura de masas, sino que también la cultura que nos rodea está focalizada hacia la masa de la que hablaba Gasset. Es muy posible que literatura, música y cine cada vez estén más hundidos y enfangados en lo industrial, y que estemos viviendo los últimos coletazos de una pobre, moribunda y decaída cultura artesanal.

Robar a un ruiseñor

Chorizar un libro es algo bastante fácil. Un libro de bolsillo, por ejemplo, cabe perfectamente debajo de cualquier chaquetón. Además, como los libreros están acostumbrados a que sus clientes mariposeen por la tienda ojeando cosas durante bastante tiempo, no es muy difícil hacerse el tonto durante un rato y luego salir del local con uno o dos ejemplares debajo del chaquetón. Hemingway no entraba en muchos detalles sobre el tema pero él contaba que era así como conseguía libros durante sus primeros años en París.

vice.com

De todas formas esto de robar en las librerías es algo que está desapareciendo. Ahora con Internet hay montones de blogs y foros donde, al menos antes del cierre de Megaupload, podías encontrar casi cualquier libro en PDF. Estas descargas, quizá legalmente un tanto ambiguas, han jodido un poco a las grandes editoriales pero han posibilitado un mayor y mejor acceso a la literatura, (al menos en lo que se refiere a literatura comercial, claro). Puedes teclear un título en Google, encontrarlo y leerlo gratis, algo que cualquier autor agradecería porque un escritor de verdad, si tiene que elegir entre ser leído o no ser leído siempre va a preferir lo primero.

A parte de este gran logro Internet ha supuesto otras muchas cosas para el mundo literario.

Por ejemplo los autores noveles tienen Internet como forma de hacerse publicidad. Escriben su libro, lo publican en alguna editorial independiente y luego petan Twitter y los grupos literarios de Facebook anunciando su parida, una y otra vez durante meses. La efectividad de esta publicidad depende de la temática y gráfica que rodea al libro (la portada por ejemplo), aunque un estudio de Google estima que el 56% de la publicidad en internet es ignorada. La publicidad tan efectiva que supone ser entrevistado por un periódico de tirada nacional, es algo que ningún novel tiene en su mano. La herramienta de propaganda del novel es básicamente la repetición, la constante repetición del título de su obra por foros y grupos virtuales de literatura.

La otra posibilidad que ofrece internet (muy poco explorada), es que los escritores ofrezcan sus relatos y obras de forma gratuita o casi gratuita. De forma que, si bien es cierto que la industria del libro será cada vez más comercial, convencional y vacua, al menos hasta que empiece la revolución, los lectores tendrán acceso libre a una oferta literaria que, quizá con el paso del tiempo, dote a la humanidad de algo digno que leer.

Paulus Oliva

2 comentarios:

  1. Esto no solo pasa con la literatura. El cáncer del lucro vacuo, indolente, injusto y egoísta, afecta a todas y cada una de las artes que el ser humano a creado, convirtiendo cada actividad en un artificial balance de perdidas y ganancias.
    Hoy en día, en la escuela se empieza a enseñar a niños de 6 años conceptos financieros, ninguneando asignaturas como la filosofía, artes plásticas o la literatura.
    ¿Qué crees que leerán el día de mañana estos niños? (Si es que leen algo)

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  2. Creo que leerán el Marca y quizá las etiquetas de los anabolizantes.

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